Opinión

Y esa hora llegará; por Soledad Morillo Belloso

Y esa hora llegará; por Soledad Morillo Belloso

Soledad Morillo Belloso

Hay un número casi infinito de chats de WhatsApp operando en Venezuela. De todo tipo, sabor, color y olor. Y tendencia. Se nos dice hasta el cansancio que borremos las notas incómodas, esas líneas o mensajes de voz – personales o de trabajo – que nos pueden poner, digamos, en situación comprometedora. Lo hacemos. Y creemos, tontamente, que estamos a salvo de infidencias de cualquier contertulio. Pero internet es un invento que los seres humanos no podemos controlar. Es una tecnología en cuyo uso intervienen la razón y la emoción. Y todo deja rastro. MacLuhan, hasta hoy el mayor genio en materia de comunicación (el resto, me perdonan, a pesar de sus muchos y tan rimbombantes títulos, son meros principiantes comparados con él), lo advirtió: que maravillosa la aldea global sería, pero que tendría sus pros, muchos, y sus contras, muy amenazantes contras; que nos haría muy fuertes y, también, paradójicamente, mucho más débiles y vulnerables.

Basta con que alguien comente con otro alguien lo que alguien dijo o escribió en otro chat. Basta usar esa función del “copy&paste”. Basta usar la función “compartir”. Siempre le he aconsejado a empresarios y políticos con quienes he trabajado que no digan o escriban “en privado” algo que no puedan decir o escribir “en público”. Que uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice. Ah, pero los farsantes de oficio, esos de insoportable pedantería, esos traficantes que se creen superiores, dueños y señores de la comarca, suponen que sus parrafadas se quedarán “entre panas”, o entre cómplices, diría yo más bien. Como si su autocongratulada situación los convirtiera en intocables. La petulancia del régimen nazi, ese estar pagados de sí mismos, los llevó a que filmaran, fotografiaran y detallaran en pormenorizados reportes las atrocidades cometidas. Esos elementos se convirtieron en evidencias que engrosaron los sumarios de los juicios a los que fueron sometidos. No cupo entonces el “yo no fui”. No hubo lugar a la negación de la indiscutible evidencia.

Políticamente, Venezuela está hoy por hoy dividida en varios toletes. Está lo evidente: Maduro y su banda de usurpadores y secuestradores del poder versus Guaidó, la Asamblea Nacional y su legítimo grupo con vasto apoyo nacional e internacional. Si es cierto aquello de “no basta con que tengas la razón; es indispensable que te den la razón”, pues el segundo grupo no solo la tiene, además se la dan. Sin embargo, en la escena de esta tragedia de muchos centavos hay otros grupos. Hay los extremistas de siempre, que nada de raro tienen y que, por cierto, no esconden sus posiciones, planteamientos e intenciones. Son elementos conocidos. Tirios o troyanos, todo el mundo sabe quiénes son. Tienen al menos la honestidad y la gallardía de no esconderse.

Pero hay individuos y grupos sinuosos, maquillados, con caretas. Operan en la trastienda, entre bambalinas, agazapados tras gruesos telones de cobardía. Expertos en medias tintas, en lenguaje almibarado, en discurso guabinoso, en ser voces que repiten lo acordado prevalidos de artificiales conglomerados de bots. Y son, para decirlo en tono de calle (nunca voy a renunciar a mi modo parroquiano de hablar y escribir) “cara e tabla”. Llenan medios y redes con frases cuchis con las que pretenden lucir como caballeros y damas de altura, que sudan Chanel #5, con un refinamiento cultural y social que no es sino una flaca capita de “pancake” académico. Y fingen. Simulan sorpresa y estupor ante las barbaridades del régimen, aunque no solo las conocen antes de que ocurran sino que, para peor, en muchas participan como cercanos asesores estrategas. Acabamos de ver un ejemplo de esa impostura. El buque iraní, a pocas horas de arribar a territorio venezolano, comienza a trasegar (¿gasolina, fuel oil?) a un barco cubano. A los pocos minutos en redes aparecen frases grandilocuentes (siempre churriguerescas) aparentando sorpresa y reclamando. Lo hacen con la desvergüenza del farsante. Su calculada táctica busca colocar tablas para caminar sobre arenas movedizas.

¿Cuánto tiempo ha de transcurrir antes que este tinglado caiga? Es una pregunta para la que nadie tiene respuesta precisa. Se llama fatiga del metal. Algo que luce fuerte en realidad no lo es y en un momento cae -sí, basta un segundo- con estrépito y dejando por un tiempo el aire cargado de partículas, una nube densa que dificulta la visión.

Piensan los farsantes que cuando eso ocurra, en medio de la confusión, esos tuits de falsa indignación les bastarán para el conveniente ejercicio del “yo no fui”. No sacan bien las cuentas. Muchos de sus comentarios escritos en privados grupos de WhatsApp de panas han sido escrupulosamante guardados, con fecha y hora, y están a buen resguardo. Y serán expuestos cuando llegue la hora de sacar cuentas. Y esa hora llegará.

soledadmorillobelloso@gmail.com

@solmorillob

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