Opinión

Una enfermera venezolana en la pandemia; por Indira Rojas

Una enfermera venezolana en la pandemia; por Indira Rojas

Indira Rojas

La experiencia de una enfermera venezolana en Madrid, la ciudad con más casos confirmados del nuevo coronavirus en España, muestra la rigurosidad de los protocolos en la atención sanitaria y las dificultades que enfrenta el personal de salud con los pacientes más vulnerables y sus familiares.

Mónica entra en la habitación de una mujer de 91 años contagiada de Covid-19. La ve sentada al borde de la cama. Se da cuenta de que está triste. Es una mujer con cardiopatías congénitas que desarrolló dificultades para respirar. «No pude dormir anoche. Estuve tosiendo mucho», dice la anciana. Mónica intenta calmarla convenciéndola de que descansar le hará bien. Después de ayudarla a recostarse, revisa las anotaciones médicas del día anterior. Han pasado 24 horas desde que la anciana fue internada y no hay mejoras.

Mónica es una enfermera venezolana de 33 años. Estudió en la sede de la Cruz Roja en Caracas. En 2008, después de graduarse, emigró a España. En sus 12 años de ejercicio se ha dedicado especialmente a los adultos mayores. Al llegar a Madrid, encontró su primer empleo en un centro geriátrico y trabajó allí por 10 años. “Los ancianos son pacientes difíciles clínicamente hablando, pero solo quieren cariño y respeto. Nadie está en un hospital por gusto, pero en su caso es peor. Les recuerda lo cerca que están del fin de su vida”. Mónica también ha estado en servicios de cirugía, urología y traumatología.

Es su primer día en la unidad de enfermedades infecciosas, en un hospital al norte de la capital española. El centro pertenece al Servicio Madrileño de Salud y es uno de los cuatro hospitales asignados para procesar las muestras de pacientes sospechosos. Mónica atiende a un hombre de 80 años que padece Alzheimer y no puede recordar dónde ha estado en los últimos días. Intenta convencer a una mujer de irse a casa, porque no tiene síntomas asociados al nuevo coronavirus. Le pide una y otra vez a una pareja de gitanos dejarse las mascarillas sobre la boca. Les escucha decir que el nuevo coronavirus es una maldición.

La Covid-19 es una enfermedad nueva para los humanos. Todavía falta mucho por aprender sobre cómo se transmite y cómo afecta a las personas. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud dice que “parece que las personas mayores y las que padecen afecciones médicas preexistentes (como hipertensión arterial, enfermedades cardíacas o diabetes) desarrollan casos graves de la enfermedad con más frecuencia que otras”.

España es el segundo país de Europa con más casos confirmados de Covid-19. Hay 5.753 infectados, según el último informe del Ministerio de Sanidad publicado el sábado 14 de marzo de 2020. Madrid es la ciudad que reporta más pacientes en el país: en 24 horas pasaron de 1.990 a 2.940. “Si hoy caen diez, mañana caen 100”, dice Mónica. “Así es la epidemia y estoy curada de sustos”.

El consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Enrique Ruiz Escudero, explicó que el nuevo coronavirus afecta a la población de la región de modo diferente a la de China —donde se conocieron los primeros casos—, porque los madrileños tienen una mayor esperanza de vida. En China, 80% de los pacientes tenían síntomas leves, 15% requería de hospitalización, y 5% eran pacientes críticos. En Madrid los datos cambian: 30% debe recibir atención en centros de salud y el porcentaje de pacientes con síntomas graves asciende a 10%.

Las cirugías programadas y las pruebas diagnósticas de rutina fueron suspendidas o retrasadas. El hospital habilitó un pasillo de hospitalización general para aislar a las personas contagiadas. Cuando el espacio se saturó de pacientes, cerraron un piso de medicina interna para atenderlos. En la entrada de la unidad de enfermedades infecciosas colocaron un cartel que prohíbe el paso y el ascensor ya no para en esa planta. Los pasillos y los controles de enfermería son considerados zona limpia porque los pacientes están aislados en las habitaciones y no pueden salir de allí.

A las 8:00 de la mañana, Mónica prepara su equipo de protección individual. Entre las enfermeras lo llaman EPI, por las iniciales. Sobre el uniforme quirúrgico, Mónica se coloca una bata médica. Usa otra encima, que es impermeable e impide la absorción de las gotículas que salen despedidas cuando un paciente tose o estornuda. Cruza la bata por delante y la amarra por detrás. Después se recoge el cabello y se coloca un gorro. Cubre los zapatos con protectores quirúrgicos. Se pone los guantes y los sube hasta las mangas de la bata. Revisa que la piel no quede expuesta en ningún punto. Se ajusta la mascarilla quirúrgica sobre el rostro, sin cruzar las gomas por detrás para no crear pliegues. Por último, se coloca las gafas protectoras antisalpicaduras.

La enfermera siente que va en abrigo en pleno verano. Debajo del EPI el cuerpo suda. Mónica se ahoga con tanto calor. Quiere saber si esta sensación tiene una explicación y se coloca en un dedo el pulsioxímetro, un aparato que mide la cantidad de oxígeno en el cuerpo. Pasa de 99% a 95% en un minuto. Para rematar, el roce de las gafas le raspa la nariz.

Mientras atiende a los pacientes, Mónica hace un esfuerzo por no tocarse la cara ni la bata protectora. Antes de salir de la habitación debe quitarse el EPI. Tira de la bata y se lleva en una sola jalada el primer guante. Con la mano descubierta, debe tomar la parte interior de la bata, que no está contaminada, y quitarse el resto de la protección para desechar todo en un contenedor.

Entrar a la siguiente habitación implica repetir el proceso. Debe vestirse otra vez, con material nuevo.

Una enfermera atiende entre 12 y 14 pacientes. Para responder a la demanda de atención sanitaria, el hospital realiza contrataciones masivas. Mónica está acostumbrada a ver dos o tres enfermeras en un servicio, junto con el mismo número de auxiliares. El martes 10 de marzo, mientras firmaba su contrato de trabajo, llegó a contar 14 enfermeras y 14 auxiliares nuevos. Hay recién graduadas. Mónica les explica cómo colocarse el EPI. Teme que, de lo contrario, se contagien.

El gremio médico y sanitario ha denunciado la saturación del sistema público. La Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública argumenta que Madrid “es la segunda comunidad autónoma que menos presupuesto per cápita dedica a la sanidad pública”, y que “la atención al coronavirus se hace en detrimento de la asistencia a otras personas que en muchos casos también presentan patologías relevantes”.

El director del servicio de enfermedades infecciosas del hospital dijo a la prensa: “No se trata de una emergencia sanitaria desde el punto de vista de la salud de la población, sino que si no llevamos cuidado podemos colapsar (…). Intentemos aplanar la curva de la epidemia haciendo que no todos los casos vengan al hospital al mismo tiempo”.

Ante la expansión de la enfermedad, el consejero de Sanidad dijo que los centros privados también atenderán pacientes con Covid-19 y realizarán test.

Los ciudadanos también pueden llamar a un teléfono gratuito para solicitar información sobre el nuevo coronavirus. Aunque aseguran que funciona las 24 horas del día, al hospital llegan pacientes quejándose de que pasan horas llamando y nadie los atiende. “Desde el domingo 8 de marzo está saturadísimo. Entonces, recomiendan a la gente ir al hospital. ¡Los confundes!, porque es todo lo contrario a lo que en principio te dicen que no hagas. En caso de tener síntomas o si eres positivo para Covid-19 pero no necesitas hospitalización, quedarte en casa evita que seas parte de una cadena de contagio. Pero si no atienden el teléfono la gente se agobia. La gente necesita respuestas y va a los hospitales. Emergencias se satura por la desinformación”.

En las calles, la gente camina con bolsas plásticas en la cabeza. En los mercados, hacen compras nerviosas y los anaqueles que se llenan en la mañana se vacían antes de las 12 del mediodía. La madre de Mónica la llama para contarle lo que ha visto en el supermercado donde trabaja, porque no puede creerlo: una persona compró 288 rollos de papel higiénico.

Al hospital llega un hombre con leucemia y da positivo en el test de Covid-19. La mujer que lo acompaña insiste en que necesita ser atendida también, porque ha estado en contacto con él. Cuenta que la hermana del paciente también podría estar contaminada. Habla de forma acelerada. Está nerviosa. Mientras deja las cosas personales del paciente en el control de enfermería, se queja de que no la dejan pasar a la habitación. Mónica intenta calmarla. Le pregunta si tiene tos, fiebre o dificultades para respirar. La mujer responde que no. La enfermera le dice que los test se están aplicando a personas que presentan síntomas asociados a la enfermedad y que puede irse. La convence de mantener la cuarentena en casa. Si en cinco días presenta síntomas, puede volver al hospital. Mónica le explica que algunos infectados por el nuevo coronavirus no requieren oxígeno para respirar mejor, no presentan complicaciones por la enfermedad, o no tienen afecciones preexistentes o crónicas. Estas personas son enviadas a casa. Antes de dejar el hospital, reciben un tratamiento de antibióticos y corticoides orales que le ayudan a expandir las vías respiratorias.

Mónica entrega el turno a una enfermera joven. La muchacha le confiesa que no sabe tomar vías permanentes en los pacientes, y le pide a la veterana hacerlo por ella esta vez. Mónica desecha su último EPI a las 3:00 de la tarde y se va a casa. Maneja hasta su apartamento. Vive en un edificio moderno, lejos del centro de Madrid, pero no tiene estacionamiento. Conseguir un puesto puede tomarle hasta una hora. Esta vez, encuentra rápido un lugar frente a la puerta. Mónica piensa que tal vez la gente se ha ido con los niños a los pueblos más pequeños, donde viven los abuelos, creyendo que estarán a salvo del nuevo virus.

Las escuelas están cerradas desde hace una semana. Mientras Mónica trabaja en el hospital, sus dos hijos se quedan con papá en casa y hacen los deberes que el colegio envía por correo. Cuando corren a besarla y abrazarla, Mónica los detiene. No pueden acercarse a ella hasta que se quite la ropa y tome un baño. Les recuerda que debe ser así de ahora en adelante. Enciende el televisor. Los noticieros hablan todos de lo mismo. La Organización Mundial de la Salud declara la Covid-19 una pandemia ese 11 de marzo de 2020. Tres días después, el sábado 14 de marzo, el presidente español Pedro Sánchez decreta el estado de alarma en España.

En Madrid han muerto 86 personas. Mónica no ha visto fallecer a sus pacientes, tampoco a los de otras enfermeras en la unidad de infectología. “Gracias a Dios”, dice. Le escribe un mensaje a su padre, que vive en Venezuela. Le cuenta que un hombre hospitalizado, de un momento a otro, comenzó a sentir que no podía respirar. “Vi la angustia en su mirada. Estaba consciente y se le veía el miedo a la muerte”.

Al día siguiente, Mónica nota que la paciente de 91 años no tiene suficiente oxígeno en el organismo. Decide cambiarle la cánulas nasales por una mascarilla cerrada, que la ayuda a enviar más oxígeno al cuerpo. Avisa a los doctores y deciden usar un tratamiento más agresivo para abrir los alvéolos de los pulmones. Han dejado que el hijo de la paciente pase el día con ella, usando el equipo de protección mientras esté en la zona de aislamiento. Le han dicho que el pronóstico para su madre puede cambiar en cualquier momento.

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Mónica es un nombre ficticio. La enfermera protagonista de esta historia pidió que su identidad real no fuera revelada.

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¿Cómo prevenir el contagio?

La recomendaciones principales de la OMS son:

  • Lavar las manos con agua y jabón con frecuencia, o usar gel desinfectante con una base de alcohol de al menos 60%.
  • Evitar tocarse la cara con las manos.
  • Cubrirse al toser o estornudar con la parte interna del brazo.
  • Evitar el contacto con personas infectadas.
  • Mantenerse al menos a un metro de distancia de otras personas.
  • Evitar actos públicos con asistencia masiva.
  • Desinfectar las superficies con las que se tiene contacto frecuentemente
  • Permanecer en casa si presenta síntomas.

Si usted ha viajado o ha tenido contacto con personas que hayan estado en países afectados, o presenta síntomas similares a los de la enfermedad, consulte a su médico.

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