Opinión

La ‘vendetta’ de Dante; por Juan Jesús Aznarez

La ‘vendetta’ de Dante; por Juan Jesús Aznarez

Juan Jesús Aznarez

El infierno de Dante hubiera debido incluir en su estructura doctrinal círculos donde hornear a los responsables de que Nelson haya contraído el coronavirus en su puesto callejero de quesadillas, contagiara a su padre, y de regreso a casa con varias pintas encima, le pegara dos bofetones a su mujer en presencia de los niños, mientras discutían sobre el futuro familiar sin los ingresos del tenderete. Nelson es ecuatoriano, mexicano, limeño, bonaerense, latinoamericano. Su padre tosió durante 10 días hasta ahogarse sin haber recibido asistencia médica. Convivieron con la desesperación y el cadáver porque la prometida ambulancia no llegó; otros abandonaron los cuerpos en la calle.

Además de albardar en brea hirviendo a los políticos, en el octavo anillo de la primera cántica de la Divina Comedia, la cavidad subterránea ideada por el florentino Alighieri para los reos de fraude consciente y otras flaquezas hubiera debido acomodar entre las llamas a los causantes de la vulnerabilidad de 140 millones de trabajadores informales de América Latina, cuyos pulmones peligran si los invade el virus. Sin registro en la Seguridad Social, ni prestaciones médicas aseguradas, la ausencia de redes de protección para los galeotes de la economía es delito de lesa humanidad del desgobierno, la fragilidad institucional y el saqueo de recursos.

La pandemia exhibe la desigualdad frente a la enfermedad y la muerte, las iniquidades de una región donde el 30% de sus habitantes no tiene acceso a la sanidad pública, mientras quienes debieran asignarla se cubren las vías respiratorias con mascarillas Armani. Las mujeres y los migrantes pillados a mitad de camino sufren como nadie los estragos de la indefensión y el paro encubierto, en andamios, canteras, explotaciones agropecuarias y servicio doméstico. Solo la subversión en democracia y la cooperación internacional podrán socorrer a las peonadas de naciones apresadas por las deudas, casi en recesión y sin margen para asegurar el amparo integral de las víctimas de la Covid-19.

El poeta italiano olvidó ampliar el aforo de su cavidad infernal instalando parrillas de asar desalmados, tostadoras para la canalla detrás del vertido de residuos industriales en los manantiales abastecedores de grifos, pucheros, manos y laringes. La contaminación del agua potable en los ranchos y villas miseria de la América mendicante condujo a la perpetuación del sarpullido, la sarna y la pústula bíblica; el envenenamiento del medio ambiente eternizó el mal de Chagas, el dengue y el descrédito de los Estados que lo permiten.

El Satanás de Dante es réprobo en el noveno círculo del averno, pero en el Brasil contemporáneo muta en demonio de mandíbulas trituradoras y aliento liberticida. La muerte es el fin de la prisión de las almas nobles y la amargura de los enfangados (Petrarca dixit), pero como el contagiado de favela importa poco, el Lucifer paulista cava las fosas del mayor cementerio de América Latina para sepultarlos sin remordimientos, casi agradecido.

Artículo de opinión publicado originalmente en El País

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