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La reina Sofía cumple 80 años

La reina Sofía cumple 80 años

Haber nacido en un país que tiene el mar como patrimonio y haber vivido casi 60 años en un territorio rodeado de agua hace que Sofía de Grecia y Hannover, que fue princesa, ejerció de reina y lo sigue siendo por título, siempre mire al horizonte, sabiendo que nunca se alcanza pero que, como escribió su compatriota Constantino Kavafis, en la vida hay que ir siempre más lejos.

La reina Sofía (nada de emérita, un calificativo con el que ni ella ni el rey Juan Carlos se identifican) cumple hoy 80 años. Lo celebrará en una comida a la que está previsto que asistan unas cincuenta personas, todas familia o amigos muy cercanos. No hace falta ser reina, ni es un hándicap serlo, para que el mejor regalo sea que los más próximos dejen de lado sus cuitas y hasta sus asuntos propios para celebrar a la matriarca.

Nacida en el seno de una familia que poco tenía que ver con los usos y costumbres de la realeza, Sofía fue una niña y una adolescente y hasta una joven que creció junto a sus padres y que, además, vio como estos formaban una pareja estable. El prudente rey Pablo de Grecia, al que según todos los que le conocían tanto se parece el rey Felipe, y la vehemente reina Federica, de la que quizá la reina Letizia haya heredado (no por sangre, claro) algún rasgo, solían pasar una semana al año solos en una isla griega deshabitada para renovar, en cuerpo y alma, su compromiso de amor. Con esa referencia, la princesa Sofía no quiso casarse con ninguno de los herederos, tipo Harald de Noruega, que encajaban con la hija de un rey reinante y acabó haciéndolo con un príncipe sin trono, sin fortuna y casi sin futuro. Juan Carlos de Borbón, el chico de los Barcelona, como se le llamaba en las cortes europeas, le encandiló de tal manera (como quizá sigue haciendo) que no dudó en dejar Grecia, siempre luminosa, para pasar a vivir en el Madrid más gris de los primeros sesenta.

Que casarse con Sofía de Grecia fue un buen negocio para Juan Carlos de Borbón no es discutible y, aunque en los últimos años él no ha estado a la altura de la entrega incondicional de ella, también para la reina Sofía el balance es positivo. No ha podido gozar del amor romántico, ni de la lealtad matrimonial pero sí se le ha dado su papel como esposa de heredero y de rey y ahora como reina madre, cumpliendo con éxito las funciones asignadas. La prueba es que la caída de popularidad de la monarquía y de algunos de sus miembros no le afecta. Ahora, junto a su hijo, el rey Felipe, es la mejor valorada y, sobre todo la más querida. Lo prueba el hecho de que vaya a donde vaya se la recibe con cariño. Curiosamente las muestras de afecto empezaron a aumentar cuando la sociedad tuvo conciencia de que aquella mujer que nunca puso su vida privada por delante de la pública, ni había permitido que sus problemas personales trascendieran, había sufrido como todo el mundo. No solo por tener un marido faldero; también por haber sido demasiado permisiva con sus hijos, cuyos matrimonios, cada uno de los tres por una razón diferente, le habían supuesto grandes preocupaciones.

En realidad, el mejor elogio que puede hacerse de la reina Sofía es decir que es una mujer que se ha limitado a cumplir con su deber, como han hecho tantas y tantas mujeres de su generación. Cuando cumplió 70 años recordaba que la peor de sus vivencias fue la de la Guerra Mundial y, aún reconociendo ser una privilegiada, ese trauma que supuso un desgarro familiar (más de la mitad de sus parientes eran y son alemanes), le enseñó que todo lo que hay que hacer en la vida es acercarse a los otros con afecto y generosidad.

Criados sus hijos, cumplida la misión de ser la compañera fiel del rey Juan Carlos, ayudándole en la vida oficial y perdonándole en la vida privada, la reina Sofía empezó a involucrarse en tareas solidarias. Ya en 1977 puso en marcha la Fundación Reina Sofía, dedicada a proyectos de cooperación, básica para la visibilidad del Alzheimer y ahora vehículo para una nueva misión: la conservación de los océanos. La fundación ha firmado un acuerdo de colaboración con Ecoembes y Sea Bird Life y, sobre todo, la reina ha firmado un compromiso consigo misma: alertar de los riesgos de la contaminación marítima.

Hace unos días, en Asturias, confesaba que no sabe estar sin hacer nada: “Me encuentro muy bien, pero me gustaría hacer más de lo que hago”, confesaba a las puertas de su 80.º cumpleaños, mientras, ilusionada, relataba su conversación con Sylvia Earle, premio Princesa de Asturias de la Concordia, conocida como la dama de los océanos, quien a los 83 años no deja ni un día de denunciar la agresión del hombre al mar, fuente de la vida.

Su pasión por el mar, nacida en Grecia y crecida en España, principalmente en Mallorca, le ha llevado a asumir este nuevo reto pero no deja los anteriores: su defensa de los animales; su compro-miso con iniciativas como el banco de los alimentos y estar, cuando le llaman, en actos en fomento del amor a las artes de los más jóvenes. El jefe de su secretaría, Arturo Coello, como durante años hizo el anterior, José Cabrera, es el encargado de dar forma a las iniciativas de la reina Sofía, siempre curiosa, siempre ilusionada. Todas las personas que han trabajado con ella destacan lo mismo: es incansable en sus afanes y en sus preguntas; sabe ser cercana sin perder los papeles; le afectan mucho y empatiza, a veces en exceso, con todas las causas, incluso las perdidas. Le gusta ver la televisión, sobre todo por las mañanas, y, aunque se mantiene en forma, no hace, ni le gusta el deporte. Pasea, a veces, del brazo de su hermana Irene, por los caminos de la Zarzuela, pero no por los que unen su residencia con la de los Reyes. El no poder estar en el día a día de las nietas que viven más cerca de ella, Leonor y Sofía, no lo lleva bien, aunque entiende que es su madre, la reina Letizia, quien controla su educación y quien decide las horas de visita. A sus nietos Urdangarin les protege de todo mal y de las consecuencias del encarcelamiento de su padre y, al igual que con los hermanos Marichalar, se ocupa y financia, junto al rey Juan Carlos, sus estudios. Que el caso Nóos supusiera el ostracismo oficial de la infanta Cristina no fue tan doloroso como el distanciamiento de su hija menor con su hermano. Ahora, las cosas, al menos en el ámbito familiar se han suavizado. Hoy, todos se reunirán en una comida para hacerla feliz; a eso ha dedicado ella su vida pensando más en los demás que en sí misma. Ha hecho sacrificios personales en bien de su papel público pero oyéndola siempre parece que, en realidad, los que han sufrido han sido los otros.

La Vanguardia

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