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EE.UU. vive los disturbios raciales más graves desde el asesinato de Martin Luther King

EE.UU. vive los disturbios raciales más graves desde el asesinato de Martin Luther King

En al menos 39 ciudades y condados de Estados Unidos, hay toque de queda y la ola de violencia continúa creciendo.

Pablo Pardo/El Mundo

La Biblioteca Carnegie de Washington es un impresionante edificio de estilo ‘Beaux Arts’ construido en 1903 que se alza en el centro de la Plaza de Mount Vernon, en el centro de la capital de Estados Unidos. Está rodeada de avenidas. No hay absolutamente ninguna tienda cerca. En realidad, la única tienda es la Biblioteca. En 2016, tras 12 años cerrado, el gigante de la electrónica de consumo Apple asumió la gestión del enorme edificio, que tiene una superficie útil de 4.738 metros cuadrados, es decir, casi tanto como un campo de fútbol.

Apple se gastó 30 millones de dólares (27 millones de euros) en rehabilitarla. Johny Ive, el diseñador del iPhone y el iPad, dirigió el trabajo, con la colaboración del estudio de arquitectura de Norman Foster y de la organización sin ánimo de lucro Patronato para la Preservación del Patrimonio Histórico. El edificio no sólo vende productos electrónicos. También tiene un auditorio, acoge la sede de la Sociedad Histórica de Washington, y tiene una exposición fotográfica permanente sobre la capital de Estados Unidos. Todo eso es lo que Apple llama ‘plazas mayores’: una combinación de tiendas y espacios culturales dedicados a las ciudades en las que están situados.

Pero no era la cultura lo que perseguían las docenas de saqueadores que en la madrugada de ayer atacaron la Biblioteca, rompieron las lunas reforzadas de la puerta, y dañaron el edificio. Lo que buscaban eran iPhones. Su ataque a la tienda de Apple no era casual. Prácticamente nadie vive en esa zona de Washington. A varios cientos de metros está el llamado City Center, una zona comercial que era un gueto negro y asiático hasta hace una década y media, y en la que el chef español José Andrés dirigió su primer restaurante, Jaleo, en la década de los noventa. Allí también hubo saqueos. Igual que en Georgetown, uno de los barrios más pijos de la ciudad. La tienda de Apple en esa zona, en la Avenida de Wisconsin, se salvó del saqueo porque sus empleados colocaron plazas de madera para reforzar las ventanas.

Los saqueos a la tienda de Apple en la Librería Carnegie son el ejemplo de lo que Douglas Brinkley, el historiador más popular en Estados Unidos y supervisor, entre otras obras, de la publicación de los cuadernos de Ronald Reagan, ha calificado como “los mayores disturbios que hemos visto desde el asesinato de Martin Luther King”, el histórico líder de los derechos de los negros que fue asesinado en 1968. En al menos 39 ciudades y condados de Estados Unidos, incluyendo a la propia Washington y a la segunda y tercera mayor ciudades del país, Los Ángeles y Chicago, hay toque de queda a partir de las nueve de la noche. En al menos 12 estados se ha autorizado el despliegue de la Guardia Nacional -es decir, una parte del Ejército similar, aunque no idéntica, a la Reserva- para contener la violencia, y la 82 División Aerotransportada está acuartelada en su base de Fort Bragg, en Carolina del Norte, por si fuera necesario enviarla a alguna ciudad.

La ’82’, como es conocida coloquialmente, es una unidad diseñada para ser desplegada en cualquier lugar del mundo en un máximo de 18 horas, así que el hecho de que esté en alerta indica la gravedad de la situación. La última vez que el Ejército regular fue desplegado para contener una situación de violencia fue en 2005, por los saqueos desencadenados en Nueva Orleans por el huracán Katrina. Para remontarse al despliegue de soldados para contener tensiones raciales hay que ir a 1992, durante los llamados disturbios raciales de Los Ángeles, que en realidad fueron un pogromo que los afroamericanos llevaron a cabo contra los asiáticos y los latinos, y en el que murieron 63 personas.

La violencia, así, se adueña cada noche de las grandes ciudades estadounidenses. Y cada noche va a más. La explosión de odio racial desencadenada por el asesinato del afroamericano George Floyd por el policía blanco Dereck Chauvin el pasado lunes en la ciudad de Minneapolis, en Minnesota, ha ido subiendo, hasta convertirse en poco menos que una revuelta generalizada en la noche del sábado al domingo, en la que, según informaciones sin confirmar, murieron cuatro personas, todas ellas a manos de los manifestantes. Por el momento, hay, como mínimo, 1.700 detenidos, una cuarta parte de ellos en Los Ángeles. En Minnesota, manzanas enteras han sido incendiadas. Las tiendas de lujo y los negocios de personas que no son de raza negra se han convertido en el blanco predilecto de los saqueadores.

La policía ha demostrado una incompetencia absoluta para controlar las manifestaciones. Aunque la mayor parte de las protestas han sido pacíficas, las fuerzas del orden se han movido entre la agresividad y la provocación absolutas -fijándose, en muchos casos, como objetivo a los periodistas- y la pasividad más extrema. Así es como en Los Ángeles y Nueva York coches policiales han cargado contra personas que protestaban en las calles, y policías en esa última ciudad han sido filmados haciendo el gesto de los supremacistas blancos, mientras que en Minneapolis manzanas enteras -e, incluso, una comisaría de policía- han ardido.

La explosión de la violencia ha agarrado con el pie cambiado a una parte de la élite política estadounidense. El Partido Demócrata, que en un primer momento respaldó a los manifestantes, está ahora silente ante la creciente agresividad de éstos. Los líderes políticos de Minnesota – todos ellos demócratas – y de otras regiones han tratado de echar la culpa de los saqueos a “provocadores”, gente procedente de otros estados, infiltrados pro-Trump, y hasta a la Rusia de Vladimir Putin.

Son esfuerzos muy meritorios que no convencen a nadie. Lo cierto es que, aparte de protestas pacíficas, ha habido manifestaciones violentas y actos pura y simplemente vandálicos. Donald Trump estaba, hoy domingo, inusualmente callado, después de una noche de brutales disturbios frente a la Casa Blanca que amenazaron con prender fuego al hotel Hay Adams, otro edificio histórico de la ciudad, y a la sede del lobby de Hollywood en Washington -paradójicamente, otro grupo que tiende a simpatizar con los manifestantes-.

Entretanto, la Plaza de Mount Vernon estaba hoy por la tarde tranquila, con grupos de gente -blancos, negros, asiáticos e hispanos- tumbada en la hierba, guardando la preceptiva distancia de 1,8 metros para evitar la propagación del coronavirus. Dentro de la tienda, un grupo de empleados examinaban los daños. Eran, en su mayor parte, afroamericanos. Si los saqueadores habían logrado perjudicar a alguien, había sido a las personas de su misma raza.

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