Opinión

El vino y la filosofía, por Pedro G. Cuartango

El vino y la filosofía, por Pedro G. Cuartango

Pedro G. Cuartango/El Mundo

No es raro que el amor por la sabiduría suela ir acompañado por la afición al vino. Muchos de los filósofos más creativos han sido proclives a degustar los buenos caldos. Hegel, por ejemplo, encargaba cajas de Medoc cuando trabajaba de meritorio en Jena. Su sueldo como profesor era muy bajo, por lo que gastó parte de la herencia de su padre en las bodegas de Burdeos.

No sólo los filósofos idealistas como Hegel han sido amantes del vino. El padre del materialismo dialéctico, Karl Marx, era también un hombre al que no le gustaba comer sin la compañía de una buena botella. Solía decir, con buen criterio, que hay que evitar confiar en una persona que no le complace el vino.

Ya Platón hablaba de las cualidades estimulantes de un buen vino para buscar la verdad. El sabio Hipócrates creía que curaba las enfermedades y ayudaba al buen juicio. Y seguramente tenía razón porque la bebida de los dioses griegos agudiza el intelecto y proporciona el toque de inspiración del que salen las buenas ideas.

Pero no sólo sirve de catalizador de la creatividad. El conocimiento del vino es una ciencia que requiere la misma sutileza que la filosofía. Tanto en una como en otra disciplina hay que buscar las esencias a través de la percepción de lo sensible.

La filosofía intenta ir más allá de la apariencia y en la degustación de un vino el catador hace un esfuerzo para captar los elementos ocultos y diferenciales del sabor, lo que tiene mucho que ver con las facultades del entendimiento.

El frugal Kant, que como buen pietista repudiaba los placeres de la mesa, pensaba que existen formas a priori de la sensibilidad. El vino podría ser una de ellas porque hay realidades que sólo se pueden percibir a través de una botella de Haut-Brion, como descubrió Hegel cuando intentaba superar a Fichte.

Hegel, seguramente, bebió del tonel de 200.000 litros que hay en el castillo de Heidelberg que, según la leyenda, custodiaba el enano Perkeo, quien murió al beber un vaso de agua. Me imagino a Hölderlin, Schelling y Hegel debatiendo sobre el yo y el no yo en el Paseo de los Filósofos, desde donde se divisa una magnífica vista de la ciudad, tan ligada al pensamiento especulativo alemán.

Y es que el vino es como la metafísica: un intento de elevarse a las más altas moradas de la abstracción para buscar la verdad. Esa búsqueda es absolutamente personal, es incluso inefable, como sucede con el quehacer filosófico. En una y otra materia, las posibilidades de variación son infinitas: hay tanta asimetría entre un Pinot noir y un blanco de Alsacia como entre la sensibilidad de Nietzsche y Heidegger.

La diferencia esencial entre el vino y la filosofía es que ésta comporta un trabajo solitario mientras que la bebida tiene un carácter amigable y social, y estimula las confidencias. En mi experiencia, nunca he podido paladear un buen vino sin una agradable compañía. Para pensar, me encuentro mucho mejor solo.

El asunto da para mucho que reflexionar, pero no se me ocurren otras palabras mejores para concluir esta disgresión que las del sabio Goethe, quien apuntaba que quien no besa o no bebe está muerto.

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