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¿Qué demontre es el liberalismo venezolano?; por Vicente Quintero

¿Qué demontre es el liberalismo venezolano?; por Vicente Quintero

Vicente Quintero

A raíz de la profunda crisis en Venezuela, ha resurgido en el país el debate sobre el liberalismo, satanizado durante mucho tiempo. Ahora esta doctrina se presenta como una alternativa para conducir el país hacia el progreso y desarrollo. El liberalismo comienza a estar de moda en Venezuela, sobre todo en la juventud. Sin duda alguna, esta es una gran oportunidad para las organizaciones que, desde hace varias décadas, se han dedicado a reivindicar el valor supremo de la libertad. Los tiempos han cambiado: los términos “liberal” y “neoliberal” ya no tienen el mismo estigma  de antes. Con orgullo, los más jóvenes afirman que son liberales y no disfrazan sus alineaciones doctrinarias, ideológicas y partidistas. ¿Pero este ha sido el primer experimento liberal en nuestra historia republicana?

En la Venezuela liberal (1830-1935), el rencor fue el motor del cambio histórico en Venezuela y la guerra nuestra forma de movilidad social. A diferencia de otros países hispanoamericanos como Chile y Colombia, en nuestro país no se impusieron las clásicas fraguas de clases. Durante el siglo XIX, los godos se vieron en la obligación de pactar con los militares de origen humilde. Muchas familias tradicionales fueron asesinadas y sus bienes saqueados. En términos sociales, nuestra historia republicana ha estado marcada por una singular movilidad social que nos diferencia del resto de Hispanoamérica: las circunstancias permitieron que los apellidos tradicionales se cruzaran con los de menor abolengo. Según Picón Salas cuenta que la lucha por lo más elemental -vida, alimento y casa- mitigó las rígidas fronteras sociales. En este contexto, el militarismo terminó siendo la fuerza coordinadora de la sociedad venezolana una vez que la jerarquía social y las tradiciones se fracturaron.

Desde el principio, el liberalismo en Venezuela ha sido algo abstracto, incomprendido, denostado, confundido y manipulado con fines personalistas y caudillistas. El liberalismo criollo ha estado lleno de contradicciones: en el período conocido como la “República Liberal 1830-1935” (entre comillas) en Venezuela, las constituciones también tuvieron un corte militarista, estatista e intervencionista. El liberalismo de Juan Vicente Gómez no fue tal: el control de la renta pública permitía subordinar al sector privado. Tanto en lo político como en lo económico, la entrega discrecional de concesiones ha sido históricamente un efectivo recurso de dominación por parte de la élite gobernante.

El legado histórico del venezolano ha sido uno de los grandes retos de las organizaciones liberales que operan en territorio nacional.  El gran intelectual merideño del siglo XX venezolano, Mariano Picón-Salas, comentó lo siguiente: “De todos los mitos políticos y sociales que han agitado al mundo moderno a partir de la Revolución Francesa, ninguno como el mito de la Igualdad conmovió y fascinó más a nuestro pueblo venezolano. Igualdad más que Libertad. Para nuestra masa campesina y mestiza del siglo XIX el concepto de Libertad era mucho más abstracto que esta reivindicación concreta e inmediata de romper las fronteras de casta que trazara tan imperiosamente el régimen colonial. El impulso igualitario de los venezolanos empieza a gritar desde aquellos papeles de fines de la Colonia. (…) [Los venezolanos] sólo somos los descendientes de esos héroes cansados que venían a reclamar su pensión y su mecedora, su tabaquito del Guácharo para pasar la vejez, o —por el contrario— de aquella masa rural que dominaba Páez y levantó Ezequiel Zamora. Abulia y barbarie pesan, por igual, en nuestra argamasa étnica.” Por mucho tiempo, se ha considerado que predicar el liberalismo en Venezuela es una tarea titánica, por razones de índole cultural, histórica y étnica.

María Ramírez Ribes, ex-presidente del Club de Roma Capítulo Venezuela (fallecida en 2009), dijo que: “La lucha por la igualdad recorre el siglo XIX y logra en cierta forma, disminuir los prejuicios raciales, sociales y de castas que habían dividido a la nación. Pero, a partir de ahí, el mito de la igualdad se impondrá en Venezuela como el valor hegemónico por encima de la libertad.” El sentimiento igualitario que, a juicio de Ramírez Ribes ha prevalecido en Venezuela, está presente en las distintos patrones, valores y hábitos del venezolano promedio. “El tuteo, tan generalizado en Venezuela y tan diferente de la formalidad de otros países, como puede ser el caso de Colombia, es un síntoma de este profundo arraigo del sentimiento igualitario como objetivo social. Dicha valoración se hace sentir en todos los ámbitos de la vida nacional. Sus repercusiones son numerosas y abarcan desde la convivencia democrática hasta las relaciones jerárquicas que se establecen en instituciones, empresas, escuelas, universidades, familia, gobierno, ciudadanos. Los matices de esta valoración son tan amplios que han llegado a distorsionar incluso la visión que el venezolano tiene de sí mismo y de sus posibilidades de superación y de futuro. Conviene la aclaratoria de que en la mentalidad popular venezolana la valoración de la igualdad no se refiere a la igualdad de oportunidades para todos, que implicaría la responsabilidad individual de cada uno para la superación personal”, dijo Ramírez.

Históricamente, uno de los grandes problemas del “liberalismo venezolano” y sus partidos representativos, fue la debilidad ideológica. Con frecuencia, los caudillos liberales venezolanos entraban en contradicción con el liberalismo que decían reivindicar. No es un hecho aislado que los jóvenes de la generación del 28 no hayan abrazado los ideales del liberalismo; todo lo contrario. En general, los partidos liberales venezolanos se caracterizaron por la carencia de contenido, la indolencia con sus lineamientos y denominaciones y la condición de ser simples acomodos personalistas. En las primeras décadas del siglo XX, ser llamado liberal en Venezuela era básicamente una mala publicidad. Antonio Arráiz, en su obra Los Partidos Políticos (1937), cuenta lo siguiente: “En realidad, el mismo término en sí, liberal, cobra entre nosotros una acepción insospechada, y abre por sugerencia fosética a la imaginación de nuestras masas perspectivas de risueñas posibilidades de bandolerismo, pillajes, saqueos, chozas humeantes y botines repartidos”. Después de leer la historia de los caudillos del siglo XIX venezolano, no nos debería sorprender que pensarán así.

Guillermo Tell Aveledo, doctor en Ciencias Políticas y decano de la Facultad de Estudios Jurídicos y Políticos de la Universidad Metropolitana de Caracas, escribió en un artículo académico: “Casi al mismo tiempo, los jóvenes radicales de la Generación de 1928, que habían ya roto críticamente con los viejos líderes liberales tras el fiasco de la expedición del Falke en 1929, no encuentran en estos ‘momios’ ningún objetivo común (…)”. Desdén y repulsión, en palabras del mismo Betancourt, era lo que sentían los líderes políticos emergentes por los viejos momios de la política venezolana, quienes siquiera lograron ponerse de acuerdo para las elecciones de 1937. Las historias de corrupción y la mediocridad de los dirigentes liberales ocasionaron la pérdida de confianza de las masas, incluso ya desde finales del siglo XIX.

Es en este contexto de descrédito y deslegitimación, que los jóvenes de la generación del 28 deciden abrazar el marxismo (Gustavo Machado-Salvador de la Plaza) y la socialdemocracia (Raúl Leoni). En parte, los que deciden luchar en contra del yugo gomecista no lo hicieron desde los postulados del liberalismo porque esa había sido la ideología los partidos tradicionales venezolanos, relacionados con la barbarie, la guerra y el atraso. La juventud veía cómo ser liberal era sinónimo de ser ladrón, asesino, bandolero, saqueador, asaltante e invasor. A través de sus propios errores, los hombres de principios liberales -entre comillas- se encargaron de sepultar el liberalismo. No nos extraña, entonces, la falta de arraigo de los más jóvenes por el liberalismo y los partidos de aquel entonces. En las primeras décadas del siglo XX, los liberales eran poco más que la nada en Venezuela.

Casi un siglo después, un sector importante de la juventud venezolana piensa lo mismo, pero de los socialistas, en todas sus variantes. Ser socialista ahora es sinónimo de ser corrupto, asaltante, ladrón, invasor, asesino, y en algunos casos, hasta narcotraficante. Los jóvenes, viendo el colapso de las principales instituciones del país, cuestionan los postulados socialistas. Uno podría preguntarse, entonces, si estamos ante un problema estrictamente ideológico o no. El descrédito del socialismo en Venezuela tiene como antecedente el estigma del liberalismo, que ha durado más de un siglo. La mancha no ha desaparecido; apenas se ha aclarado.

El reto del liberalismo venezolano es superar sus profundas contradicciones, en tiempos de repensar el liberalismo. El historiador Elías Pino Iturrieta cuenta que: “los que se anunciaron como liberales y fundaron domicilios del partido o repartieron emblemas banderizos en todo el territorio nacional, cambiaron la discusión de las ideas por el apoyo a los caudillos más poderosos; o mucho peor, por la descarada intervención de los sucesivos gobiernos en los asuntos de los particulares”. Lamentablemente, nuestro experimento liberal nacional también fue abusador, intervencionista y “anti-liberal”. Una paradoja, sin duda.

Como punto de partida, el liberalismo venezolano debería tomar en consideración la particularidad nacional. Debido a nuestras condiciones y tradiciones, es inverosímil pensar en la misma fórmula liberal que adoptaron otros países. Nos guste o no, las idiosincrasias son muy distintas. Una de las grandes tareas es lograr que la juventud, más allá de drenar su frustración, logre abrazar verdaderamente el liberalismo. Nos debe preocupar que la intolerancia, la degradación moral de los opositores, la actitud paternalista conservadora, la persecución ideológica, el deseo de eliminar al que no piensa como uno, el rechazo al laicismo y las minorías; están presentes en esos grupos emergentes que se llaman a sí mismos liberales. Ante todo, el auténtico liberal respeta los proyectos de vida ajenos. En esta nueva onda de liberalismo, muchos ni siquiera entienden que ser liberal y dogmático al mismo tiempo no es más que un oxímoron.

Es necesario reivindicar el liberalismo en Venezuela, a través de un profundo trabajo de introspección. La Historia nos enseña que, tanto los liberales como los socialistas, cargan en sus espaldas una pesada cruz por sus crímenes y atropellos. A lo largo del tiempo, nuestros vicios como sociedad trascienden las doctrinas, las ideologías y los partidos políticos. Si no reflexionamos sobre este asunto, veremos saqueando a los mismos liberales que hoy tanto reivindican a la libertad como valor supremo. La propiedad de cada ciudadano debe ser respetada. En la Venezuela que se hacía llamar liberal, se vio todo lo contrario; la propiedad de la élite liberal gobernante valía más que la de los demás. ¿Es liberal el que violenta la propiedad de los demás, pero pide respeto para la suya?

En nuestro país hace falta una buena dosis de liberalismo político y económico. Es momento de reivindicar el liberalismo, el verdadero, no el espurio; el de los amigos de la auténtica libertad, no el de los oportunistas panfletarios. Nuestra Historia nos enseña que, a menudo, las doctrinas ideologías en Venezuela no han sido más que el pretexto para hacerse con el poder y las riquezas. “Ningún país del mundo ha pagado con más profusión los servicios que se le han hecho como el nuestro; pero la corrupción, la disipación, han dejado a muchos de ellos en una situación de [la] que ahora no encuentran otro modo de libertarse que haciendo revoluciones a costa del propietario honrado y pacífico. Las ideas de Bolívar no son más que el pretexto: la comodidad de vivir (…) el verdadero móvil” (Francisco Yanes, Epístolas catilinarias, 1835).

A través de las instituciones, es que la sociedad civil tiene la capacidad de realizar fines compartidos. La tarea en Venezuela es lograr que las instituciones preserven la libertad como el valor supremo del hombre. El emprendimiento, la libre empresa privada, el ideal del libre mercado, la tolerancia política y religiosa, la descentralización, el pluralismo, la primacía del poder civil sobre el militar, el imperio de la ley, el laicismo, y sobre todo, la libertad; son valores, principios y paradigmas fundamentales que debemos salvaguardar en el país. Ahora más que nunca, los venezolanos tenemos una gran oportunidad para superar algunas taras históricas como el mesianismo, el clientelismo, el estatismo, y las botas militares. Como uno de sus principales objetivos, el liberalismo históricamente ha promovido la libertad individual y limitar el rol del Estado en los diferentes aspectos de las relaciones humanas; resumidos en  tres básicos derechos naturales: la vida, la libertad y la propiedad.

No permitamos que el liberalismo sea secuestrado con fines populistas, hegemónicos, totalitarios y demagogos. Más allá del panfleto, algunos de los movimientos liberales emergentes en Venezuela tienen un profundo y marcado talante anti-liberal. El nuevo proyecto liberal venezolano debe divorciarse de las pretensiones de despotismo ilustrado. Es hora de reflexionar: Venezuela no quiere repetir la historia del bárbaro liberalismo del siglo XIX. ¿Qué   pensarán nuestros descendientes en unos 100 años? ¿Cuál es el liberalismo que queremos? ¿Estamos construyendo un auténtico y verdadero liberalismo en Venezuela? ¿O solo nos estamos aprovechando del término liberalismo para vender una candidatura? Los venezolanos sí necesitamos un liberalismo, pero que sea de verdad.

@vicenquintero

Vicente Quintero es Licenciado en Estudios Liberales de la Universidad Metropolitana de Caracas, con énfasis en el área política.

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