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Putin: El mejor amigo más peligroso de Trump, por Daniel Treisman

Putin: El mejor amigo más peligroso de Trump, por Daniel Treisman

Daniel Treisman/CNN en Español

En el thriller político de 1962 The Manchurian Candidate, un gobierno hostil usa medidas encubiertas y agentes secretos en un elaborado complot para que aquel a quien apoyan resulte electo presidente de Estados Unidos. El escenario parecía algo fantasioso, incluso en el clímax de la Guerra Fría.

Hoy, la idea parece extrañamente tropical.

Para ser claros, nadie ha sugerido que el presidente electo, Donald Trump, y su equipo estén trabajando clandestinamente para Moscú. Los oficiales que investigaron el pasado verano los lazos de la campaña con el Kremlin dijeron que no encontraron evidencias concluyentes de una relación directa entre Trump y el gobierno ruso.

Las relaciones indirectas son otra historia. Paul Manafort, ex manager de la campaña de Trump, renunció en agosto tras quedar al descubierto su ayuda a un multimillonario relacionado con Putin para comprar activos de una estación de televisión ucraniana. Según Newsweek, “la inteligencia estadounidense y europea” investigó a otro asesor de la campaña, Carter Page, quien supuestamente canalizaba mensajes del Kremlin, acusación que él niega.

La elección de Trump para asesor nacional de Seguridad, el teniente general Michael Flynn, se vanagloria de haber hecho un informe de alto nivel al personal de inteligencia militar de Rusia (GRU, por sus siglas transliteradas en ruso). Él recibió un pago para ser entrevistado en vivo durante la gala del décimo aniversario de RT, el canal de televisión principal proveedor internacional de propaganda de Rusia.

Rex Tillerson, el consejero general Exxon Mobil escogido por Trump para ser secretario de Estado, no tiene experiencia diplomática pública. Sin embargo, tiene una medalla de la “Orden de la Amistad” otorgada por Vladimir Putin. Cinco años antes, firmó un acuerdo energético con Rusia que se espera que genere unas ganancias de 500.000 millones de dólares.

Tillerson le dijo a periodistas en el 2014 que él y algunos colegas habían cabildeado en Washington contra las sanciones impuestas a Rusia por sus acciones en Ucrania. Suavizar esas sanciones hubiera significado una bonanza para su compañía. También le hubiera dado a Putin una luz verde (como muchos expertos creen) para potenciales futuras agresiones contra los vecinos rusos.

Los acuerdos de negocios de Trump en Rusia aún siguen siendo un misterio, en parte porque se ha rehusado a publicar sus declaraciones de renta. Su hijo Donald Trump, Jr. le dijo a un periodista en el 2008 que había hecho seis viajes de trabajo a Rusia en los anteriores 18 meses. “Vemos un montón de dinero derramándose en Rusia”, dijo, particularmente hacia los holdings del grupo en Dubai y Nueva York.

Mientras, Trump ha aturdido a los expertos en política internacional, tanto demócratas como republicanos, con una serie de pronunciamientos que hacen eco o aplauden las posiciones del Kremlin. Ha dicho que Putin “está haciendo un gran trabajo” y se ha comprometido a “llevarse muy bien” con él. Más allá de que Putin esté detrás de los ciberataques durante las elecciones estadounidenses, Trump ha sugerido que el culpable puede ser “un joven en su casa en Nueva Jersey”.

Le afirmó a un entrevistador que Putin no “atacaría a Ucrania”, pero las fuerzas rusas ya lo habían hecho. Ha dicho que le “echaría una mirada” al reconocimiento de la anexión rusa de Crimea y ha dudado sobre si ayudaría a los miembros de la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN) si fueran atacados. Ningún acto de Moscú podría haber hecho más para socavar la confianza en la alianza.

Todo esto es muy nuevo y sin precedentes. Ningún presidente electo previamente ha tenido una tan densa y turbia red de lazos indirectos con círculos muy cercanos a un poder hostil hacia Estados Unidos. Potenciales conflictos de intereses necesitan ser examinados durante las audiencias de confirmación de los nominados de Trump para el gabinete, y la ley debe investigar las pistas sospechosas siempre que la evidencia lo amerite.

Aún más, la gran preocupación acerca de las relaciones de Trump con Rusia no es la que él sea secretamente influenciado por el Kremlin. Hay otros dos asuntos que tienen aún mayor precedencia.

Primero, incluso si desea negociar duramente por los intereses estadounidenses, Trump entra en desventaja en la pelea con Trump, habiendo regalado sus cartas más fuertes. Le ha concedido a Putin un primer objetivo (el ser sacado del aislamiento) sin pedir nada a cambio, y ha demostrado que tiene poco estómago para continuar con las sanciones. En cuanto a Siria, ya no apoya la solución de sacar del poder al presidente Bashar Al Assad.

Al hacer concesiones no correspondidas y aumentar las expectativas de aproximación, ha puesto a Putin en el asiento de conductor. El líder ruso probablemente lo verá como un ingenuo y buscará explotar su falta de experiencia, vanidad y deseo de resultados rápidos. El peligro es que Trump conceda aún más intereses estadounidenses a cambio de gestos insignificantes.

El segundo peligro surge del afamado temperamento de Trump. Putin, quien últimamente ha cultivado una reputación de ser impredecible, puede haber encontrado finalmente su igual en este respecto. Con dos líderes improvisando imprudentemente, el riesgo de errores de cálculo aumenta. No sólo son propensos a apostar, sino que se rodean de círculos con visiones conspirativas del mundo.

Los asesores del servicio de inteligencia de Putin son conocidos por exagerar la influencia de la CIA en eventos mundiales. El asesor designado de Trump para la Seguridad, según varias organizaciones noticiosas, ha usado las redes sociales para impulsar noticias falsas. La combinación de información imprecisa y decisiones impulsivas es muy problemática cuando la encontramos en un solo mismo líder. En dos, es francamente peligroso.

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