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Las señoritas, por Rosa Belmonte

Las señoritas, por Rosa Belmonte

Rosa Belmonte/ABC

A John Glenn lo pusieron en órbita tres matemáticas negras injustamente olvidadas. Katherine G. Johnson calculó las ecuaciones que dieron lugar a la hazaña en 1962. Mary Jackson fue la primera ingeniera negra en la NASA. Dorothy Vaughan se convirtió en la primera supervisora negra y después enseñó a programar las IBM de la agencia. La película “Hidden Figures“, que se acaba de estrenar en EE.UU., las reivindica como figuras olvidadas y fundamentales en la carrera espacial.Taraji P. Henson (la Cookie Lyon de “Empire”), Janelle Monáe y Octavia Spencer las interpretan. Johnson es la única que sigue viva. Pudo ver con su familia la película y llorar mucho. Es una historia que ha llegado a Hollywood porque el padre de una escritora fue compañero de ellas en la NASA. Lo contó en 55 páginas que acabaron llamando la atención del director Theodore Melfi, sorprendido de que hubiera mujeres negras discriminadas por los blancos cuando todos trabajaban en el mismo proyecto. Sorprenderse por eso es como sorprenderse por la maquinaria depurativa en España al acabar laGuerra Civil.

Pensemos en María Moliner (antes del diccionario). La bibliotecaria dirigía durante la guerra la Oficina de Adquisición de Libros y Cambio Internacional. Organizaba los fondos pensando en el futuro. Creó el Plan para una Organización de las Bibliotecas del Estado, algo que no se había hecho hasta entonces. Cuando acabó la guerra fue degradada 18 puestos en el escalafón y se la vetó para cargos de responsabilidad. Matilde Ucelay, la primera arquitecta española, fue sometida a un tribunal de depuración, a un consejo de guerra en 1942, a inhabilitación a perpetuidad para cargo público y a inhabilitación para su profesión durante cinco años. Trabajó en la sombra, bien en proyectos privados, bien en proyectos colectivos que firmaban sus compañeros. ¿Qué diferencia hay entre esto y las listas negras de McCarthy? Entre Ucelay y Dalton Trumbo escribiendo de extranjis “Vacaciones en Roma” (hasta que Kirk Douglas en “Espartaco” y Otto Preminger en “Éxodo” lo volvieron a poner en los créditos). Además de a Moliner, Ucelay y otras, recuerda Inmaculada de la Fuente en su libro “Las republicanas burguesas” a las “señoritas”. A María Brey, Matilde Serrano, Asunción Martínez-Bara y Consuelo Vaca se les encomendó preservar los tesoros bibliográficos de Madrid. Estaban al servicio de la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico. Coordinadas por Antonio Rodríguez-Moñino (luego marido de Brey), tenían que trasladar a la Biblioteca Nacional los incunables y obras de valor de todas las bibliotecas. También de las privadas. Por un lado chocaban con los conventos o con los afectos a los sublevados. Por otro, con los comités revolucionarios. Al acabar la guerra y acusada de roja, la bibliotecaria Brey fue desterrada a Huelva con la mitad de su sueldo.

Piensas en esas mujeres valiosas injustamente tratadas y topas con Rita Maestre hablando de Papá Noel. Rita Maestre no ha sido poseída por el espíritu (navideño o no) de Claude Lévi-Strauss, que escribió el ensayo “El suplicio de Papá Noel” a raíz de la quema de uno en Dijon. Lévi-Strauss hizo una investigación tanto histórica como etnográfica. Maestre hablaba de tradiciones y de cómo se van actualizando: “Por eso, dos mil años después del nacimiento de Jesucristo, celebramos la Navidad con renos y con Papá Noel, que es un señor que se introdujo y se sumó a la tradición proveniendo (sic) de otras tradiciones culturales”. ¿No podría Katherine G. Johnsonhacer orbitar a Rita Maestre?

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