Opinión

La tiranía y el manto de Dios, por Edgar Cherubini Lecuna

La tiranía y el manto de Dios, por Edgar Cherubini Lecuna

Edgar Cherubini Lecuna

París, Mayo 2017

No hablamos de un hecho milagroso o sobrenatural, sino del sentido de la oportunidad en política y la visión de que se trata del manto de Dios. Esta historia nos remonta a la ocupación soviética en la Alemania del Este (RDA) y el muro erigido en 1961 a instancias del Partido Socialista Unido Alemán, para separar en dos su país, lo que convirtió a la RDA en una carcasa de horror y vilezas, producto de un Estado militarizado, un régimen policial y represivo que, basado en la coerción, la amenaza, el espionaje de la vida privada, la represión, los asesinatos y la tortura, trató de doblegar y condicionar el comportamiento de millones de individuos que al final se rebelaron por su libertad y su dignidad.

Cualquier parecido con la realidad venezolana no es por mera analogía, ya que desde los años sesenta, el antiguo Ministerio para la Seguridad del Estado de Alemania Oriental, mejor conocido como la Stasi, los servicios de inteligencia más temibles y efectivos del mundo comunista, asesoraron durante veinte años al Servicio Secreto cubano, instruyéndolos en técnicas de espionaje, infiltración, psicología de masas, represión y tortura, aplicando esos mismos métodos de terrorismo de Estado en Venezuela desde que el chavismo está en el poder.

En el caso de la RDA, ni siquiera los más sofisticados métodos de control social y de represión de la disidencia lograron contener las ansias de libertad.

Sin ningún liderazgo visible, hombres y mujeres comunes habían llegado a los límites de la repugnancia contra una doctrina que, bajo el concepto de la búsqueda del “Hombre Nuevo” y otras manipulaciones del comunismo, instaban al individuo a sacrificar su presente y su vida en función de un gobierno dirigido por criminales y patanes corruptos, un sistema creador de miseria cuyos dogmas había que obedecer aun siendo irracionales.

En ese callejón, aparentemente sin salida, El 9 de noviembre de 1989, los soldados de uno de los puestos de control (Bornholmerstrabe check point) que dividía a la ciudad de Berlín en dos mitades, hartos de la tiranía y deseosos de unirse a la multitud que quería pasar al otro lado, hacia la libertad, alzaron las barreras sin disparar a sus compatriotas. Ese gesto de solidaridad entre oprimidos, se transformó en una grieta que hizo que el agua represada de la indignación generalizada arrasara con el muro de la vergüenza con el que una minoría en el poder mantenía secuestrados a dieciséis millones de personas. Un testigo de esos acontecimientos pronunció una frase lapidaria: “Sin fusiles no hay comunismo”. Al día siguiente, una multitud incontenible, a la que se sumaron los militares que lo custodiaban, se desborda y arremete a picotazos contra el muro que los separaba de la democracia y del progreso, acabando con 28 años de oprobio.

En el artículo titulado “El muro de lo trágico”, publicado en Noviembre de 2009, compartí algunas reflexiones sobre el símil utilizado por el ex canciller Helmut Kohl, al describir los súbitos acontecimientos que condujeron a la caída del muro de Berlín en 1989.  En una entrevista (El País, 08.11.09), el ex-canciller de Alemania y protagonista de esa historia, nos brinda una lección reveladora del sentido de la oportunidad en política, afirmando lo siguiente: “Yo jamás dudé de que el muro caería en algún momento y de que Alemania volvería a unirse. Pero siempre fue una pregunta abierta el cómo y cuándo ocurriría esto. El 9 de noviembre de 1989, es cierto que se había abierto una rendija en una puerta, pero nada estaba decidido todavía en el día en que cayó el muro. Hasta el último momento, fue un acto de equilibrio en el campo de tensión de la guerra fría. Para describir la situación en la que yo me encontraba entonces me gusta citar a Otto von Bismarck, porque no hay una imagen mejor: “Cuando el manto de Dios pasa por la historia, hay que saltar y agarrarse a él. Para eso tienen que darse tres requisitos: en primer lugar, hay que tener la visión de que se trata del manto de Dios. En segundo lugar, debe sentirse el momento histórico; y en tercer lugar, hay que saltar y (querer) agarrarse a él”.

Sobre esos días cruciales y las vertiginosas decisiones que él asumió, Kohl señala: “no solo hace falta la voluntad, sino que se requiere de una constelación de personas y acontecimientos”, refiriéndose a las alianzas que en pocas horas logró establecer con otros líderes internacionales para aprovechar la oportunidad y poder cabalgar encima de la ola provocada por la reacción de libertad al otro lado del muro.

Hoy nos encontramos en Venezuela con una generalizada reacción de indignación popular con marcada presencia juvenil, que ha sobrepasado los cálculos y estrategias del gobierno, así como el de los dirigentes de organizaciones políticas opositoras, que en dos oportunidades convalidaron diálogos fraudulentos con un régimen dictatorial maquinado por el comunismo cubano y sus métodos aprendidos en la RDA, que aplican despiadadamente en el país.

De allí que, para recuperar la democracia, los valores y los derechos ciudadanos arrebatados por la tiranía, es necesario desarrollar el sentido de lo factible, pero también reaccionar ante lo que es intolerable e inaceptable.

No puede haber transición hacia la democracia con un gobierno de criminales que reprime salvajemente a su pueblo y que se sustenta en poderes públicos inescrupulosos y sesgados a su favor, en especial el Poder Judicial y el electoral. Ante el muro de odio y exclusión levantado por el chavismo en los últimos dieciocho años y el avasallamiento de la dictadura al estado de derecho, se hace necesario esgrimir la legítima defensa de la desobediencia civil, resistencia, insurrección o insurgencia popular contemplada en la Constitución, cuando son violados sus sagrados principios. Los recientes acontecimientos, pese a su saldo dramático, han logrado renovar la esperanza de recuperar la democracia. Hay que observar con atención el manto de Dios pasando por Venezuela, agarrarse a él y no soltarse.

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