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Francia reinventa la guillotina; por Gabriela Cañas

Francia reinventa la guillotina; por Gabriela Cañas

Gabriela Cañas/El País

Lo que está ocurriendo en Francia no es una revolución, pero se le parece en ciertos detalles. El próximo domingo, por ejemplo, las urnas dictarán sentencia y culminarán el proceso iniciado haciendo rodar cabezas; muchas cabezas. Algunas ya han caído en las primarias de la derecha y la izquierda; otras lo hicieron hace cuatro días sin necesidad de esperar a la segunda vuelta de las elecciones legislativas de este domingo para la Asamblea Nacional. El listado es amplio y se nutre, sobre todo, de políticos de toda la vida que llevan años en las instituciones. Aquí van algunos de los más significativos: el expresidente de la República Nicolas Sarkozy, los exprimeros ministros Alain Juppé y François Fillon, el candidato socialista Benoît Hamon, los exministros Arnaud Montebourg, Aurélie Filippetti, Élisabeth Guigou o Rama Yade.

A ellos se sumarán el lunes otro importante puñado de notables y unas cuantas decenas de políticos que aspiraban a conservar su asiento en la Asamblea. La ola Macron les barre del mapa y señorías que llevaban casi treinta años en su escaño (es el caso, por ejemplo, del primer secretario socialista Jean-Christophe Cambadélis) deben dejar paso a todo un ejército de nuevos políticos y de profesionales ajenos a la política. En tiempos de comida rápida los ciudadanos se han hartado de los de siempre y están ávidos de novedades. Pero no solo les mueve el afán de lo nuevo.

La prensa desveló que Fillon, candidato del centro derecha a la presidencia de la República, había contratado a su esposa como asistente parlamentaria durante años cobrando en total 831.440 euros brutos. Es legal contratar en la Asamblea a un familiar, pero no lo es si se trata, como sospecha la justicia, de un empleo ficticio. Fillon no fue el primero ni el único que hizo tales contrataciones, pero la sociedad francesa ya no tolera las prebendas que con los años han ido otorgándose los que son juez y parte en el reparto del pastel. Ayer mismo, el Consejo de Ministros presidido por Emmanuel Macron aprobó el que será el proyecto de ley más temprano de su mandato: el que pretende elevar la moralidad pública. No habrá más contratos como el de Penelope Fillon. No habrá alcaldes que sean al tiempo diputados (medida ya aprobada con Hollande) y sus cuentas y las de sus partidos serán examinadas con lupa.

El primer resultado de esta revolución es que el lunes quedará conformada la Asamblea Nacional más femenina de la historia y con más neófitos que nunca. Médicos, abogados, empresarios y hasta rejoneadores ocuparán el hemiciclo y sancionarán las reformas de Macron.

En Francia, como en España y tantos otros países, los electores están cansados e incluso escandalizados de ver cómo los políticos colonizan las instituciones y de comprobar que los partidos se han convertido en oficinas de colocación. Emmanuel Macron, desarrollando una exitosa actividad en la banca Rothschild, demostró que no necesita a la política para salir adelante. Ese es hoy un valor en alza que no está al alcance de cualquiera. Ser político se pone difícil en nuestras democracias. Ser un mal político (esperemos) será aún más complicado.

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