Opinión

Desde el exilio; por Oscar G. Tellechea

Desde el exilio; por Oscar G. Tellechea

Oscar G. Tellechea

Santiago de Chile 03 de octubre 2017

Miré entre el humo y la metralla flagelante, escuché entre ecos palabras de aliento, pisé sobre charcos de sangre, levantaba a mis amigos, esos mismos a los que en una suerte de comando improvisado les robé su niñez y les di rango de pequeños disidentes.

Entre recuerdos de escondites me iba acercando hasta escuchar las balas que como abejas zumbaban, no le temía al piquete, mi pecho expuesto, sudoroso, cubierto de hollín parecía impenetrable, me acompañaban mis dos rosarios y la memoria de mis caídos, gritábamos ¡libertad!.

Cual candil a media noche, nuestro fuego era esperanza, temible y admirable. Calor faltaba en mi cama, mientras en esas largas noche de complot entre ideales afirmábamos nuestro pacto, nuestras promesas, nuestro juramento democrático y liberador.

Viajé en el tiempo con la misma franela, esa que con una mano blanca en el centro hizo mi templanza inexistente.

No había moderación, dimos todo y aun más.

Madrugadas perversas, esas en las que corríamos al escuchar las botas subiendo las escaleras. Mañanas calientes las que al elevar la bandera nos obligaba a resistir, nos alimentaban nuestros sueños, bebíamos nuestros escritos, cada coma, cada acento era proteína pura.

Pactos, negocios, apellidos, dinero, fueron derribando uno a uno a mis aliados. Aquella mesa, que nació de un atropello, a esa que le dimos forma, que impulsamos, en la que revivimos varios fósiles de la política oscura. Se convirtió un agujero negro que se alimenta de su entorno y poco a poco nos quitó todo.

Ya no eramos mas la guía, presos, muertos, heridos física y moral. Estamos en la sombra, como una memoria incomoda, como un grito en silencio, éramos la verdad que incomodaba.

No fue suficiente su modelo de ecuaciones, sus métodos de conteos, sus teorías y dogmas longevos, inaplicables en la diversidad social actual.

No pudo ese ADN corrupto entender lo que nuevos tiempos demandan, fuimos nuevamente necesarios. Obligados cedieron a nuevos modelos, a nuevas estrategias, les dimos miles de pulmones, llenamos sus calles, y estructuramos sus discursos vacíos.

Calentamos el mundo y nos hicimos visibles nuevamente.

Fue mucho el ruido, redoblantes, marchas, resistencia, fuimos nuevamente mejores, fuimos inmanejables y eso disgustó a los titiriteros que poco a poco se quedan sin función, el show se estaba agotando.

Volví a mirar y huía, me sorprendió aquel llamado  de alerta, no hubo tiempo de nada, no había un plan de escape, nunca lo pensé así. Al termino de las jornadas, me imaginaba torturado, mirando fijamente al agresor como ya antes lo había hecho. Esta vez fue distinto.

Estoy preso en la inmensidad de nuevos soles, mi celda es imponente, vivo en el oscuro exilio, solo hay algunos momentos de luz en los que vuelvo a ser útil, en los que sirvo a la causa.

Cuan quebrada tiene las patas la dirigencia que no termina de erigirse y redimirse. Cuanto mas falta para que seamos llamados nuevamente, seguramente perdonare que me hayan entregado y retomaré las calles, romperé las fronteras que me separan de mi esposa, besaré a mi hijo, pediré perdón a mi madre.

En mis manos tendría solo un rosario, el otro tuve que dejarlo en otras tierras aferrado a la esperanza.

Rompería en llanto, como solo alguien me ha visto hacerlo, esa mi guía, temerosa me apoyaría, volverían a mi, aquellos niños hechos hombres, volveríamos gritando libertad.

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