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Bruselas: Un año después la amenaza terrorista sigue ahí

Bruselas: Un año después la amenaza terrorista sigue ahí

Los atentados del 22 de marzo de 2016 cambiaron la vida de Bélgica, pero no la forma de vivir de los belgas. La tentación de los clichés se ensalzan cuando se conmemoran efemérides, pero un año después de los ataques en el metro de Maelbeek y el Aeropuerto de Zaventem, con 32 muertos y cientos de heridos, el día a día del país, y sobre todo de la ciudad de Bruselas, es prácticamente idéntico. Por desgracia, y a pesar de los esfuerzos en este tiempo, la amenaza y los riesgos siguen siendo si no los mismos, sí muy altos.

Los turistas y visitantes (menos que antes, pero recuperándose poco a poco) se sorprenden todavía, y mucho, del que quizás sea el único elemento realmente diferente e impactante: la presencia de vehículos militares y soldados fuertemente armados en los aeropuertos o estaciones. En el metro o patrullando cerca de los lugares más emblemáticos. Los lugareños se han acostumbrado y los que viven o trabajan cerca del llamado Barrio Europeo, donde se encuentran las sedes de la Comisión Europea, el Consejo o el Parlamento, ya lo estaban antes del fatídico día. “Vivimos como antes, pero ya no pensamos igual que antes”, resumía estos días el politólogo Vincent de Coorebyter

Los ataques de marzo, y los anteriores de París, cogieron por sorpresa a un país que vivía en un letargo o estado de negación. Los responsables de los principales ataques terroristas desde la muerte del comandante de la Alianza del Norte afgana en 2001 han salido o habían pasado en algún momento por el tristemente célebre barrio de Molenbeek. Las armas belgas o la logística yihadista habían formado parte de prácticamente todos los golpes y, además, había antecedentes cercanos, como la matanza en el museo judío o cuando un terrorista fue reducido en un tren que iba camino de París antes de que hiciera una masacre. Bélgica tenía un serio problema, era el país que en proporción tenía más yihadistas desplazados en Siria e Irak, había sufrido por primera vez en décadas en carne propia, pero aún así vivía el fenómeno como algo ajeno.

Tras París y Bruselas el país reaccionó conmocionado. Se suspendió el transporte público y no volvió a la normalidad durante semanas. Las clases en guarderías, colegios y universidades se paralizaron y volvieron sin criterio ni lógica a restablecerse. El Parlamento se lanzó a la desesperada para cambiar leyes, como la prohibición de efectuar redadas y detenciones a partir de las 21.00 de la noche, que según algún ministro habían impedido detener e peligrosos sospechosos. El ala dura del Gobierno prometió “limpiar” Molenbeek y acabar con los radicales.

Bélgica, todavía es el objetivo

En estos 12 meses ha habido cambios, pero como explicaba Corentin di Prima en ‘Le Soir’ esta semana, “el miedo sigue ahí”. Y sobre todo se puede decir que la amenaza sigue ahí. Bélgica sigue siendo un objetivo y los belgas radicalizados, los que han vuelto del califato y los que no llegaron a irse, son un serio peligro. Un reciente vídeo de Estado Islámico, con un hombre recorriendo la ciudad belga de Anvers, junto a la estación de tren y delante de un coche de policía, avisaba: “estamos aquí”. Según el experto Pieter Van Ostaeyen, el vídeo no es profesional, se trataría de la contribución de un “simpatizante local”, pero debe ser tenida muy en cuenta. Fue distribuido a través de Telegram y no por casualidad utiliza la música que se usó también antes de los atentados en una discoteca de Estambul hace unos meses.

El presunto cerebro de los atentados, Oussama Atar, primo de los hermanos Khalid e Ibrahum El Bakraoui, sigue en paradero desconocido y es el enemigo público número uno. Younes Abaaoud, hermano de Abdelhamid Abaaoud, uno de los terroristas y captadores más peligrosos, tampoco está localizado. Se trata de uno de los más jóvenes, secuestrado por su hermano cuando era un crío. Hace unos meses los servicios de seguridad se pusieron en alerta ante la posibilidad de que el chico, que debe tener 15 años en la actualidad, estuviera tratando de volver a Bélgica haciéndose pasar por refugiado para vengar la muerte de su hermano mayor.

Y la lista sigue gracias a las varias redes de captación que estuvieron operativas durante años, como los integrantes de la ilegalizada Sharia4Belgium o los discípulos del famoso reclutador Khalid Zarkani. Desde el pasado marzo se han hecho decenas de detenciones, pero según reconoce el Ejecutivo en privado, quedan muchos flecos sobre los participantes y podría haber autores materiales de la célula principal en libertad y en el país, sin identificar. O más células esperando instrucciones.

Según adelantaron los diarios flamencos ‘Het Nieuwsblad’ y ‘De Standaard’, y confirmó el comisario Johan de Becker, un informe confidencial que hace balance de las medidas antiterroristas en el país, el llamado Plan Canal, indica que las fuerzas policiales han identificado hasta 51 organizaciones diferentes en Molenbeek con algún tipo de vínculo terrorista.

Más de 8.000 registros

Los números son tremendos. La información del diario revela que en este tiempo se han realizado más de 8.600 registros e investigado a 22.668 habitantes del barrio, casi uno de cada cuatro. El resultado: de las 1.600 ONG’s y organizaciones de Molenbeek (en total se han estudiado 3.333), buena parte de ellas religiosas, 102 tendría algún tipo de vínculo con el crimen y la mitad de ellas, 51, con actividades terroristas (además de otras 17 por tráficos de drogas y ocho por tráfico de armas)

Los expertos antiterroristas han elaborado una lista de 72 personas, las más peligrosas, que deben ser vigiladas muy de cerca. De ellas, 46 están ahora en el país (20 de ellas en prisión) y 26 más en Siria

En estos 12 meses en efecto ha habido centenares de operaciones, pero la efectividad de las medidas está en cuestión. Sistemáticamente, cada semana, la Fiscalía Federal envía comunicados tras las redadas y registros y sistemáticamente la frase “no se han encontrado armas ni explosivos” las acompaña. Las personas llevadas a declarar o retenidas son generalmente puestas en libertad inmediatamente. Y no hay ninguna información de que las redes de captación hayan sido desarticuladas, aunque el balance del Plan Canal no ha encontrado datos de que en el último año desde el barrio de la capital nadie haya terminado en el califato.

El coordinador antiterrorista de la Unión Europea, el belga Gilles de Kerchove, explica estos días que el verdadero peligro para el país no son los cerca de 3.500 europeos que han ido a Siria e Irak. “La amenaza más grande son las gente que vive aquí, entre nosotros, y se radicaliza por internet”, como el asesino del camión de Niza.

A pesar de ello, el terrorismo o el radicalismo no se han convertido en el tema principal de la vida política. Tampoco el debate sobre integración, a diferencia de lo ocurrido en Francia o en Países Bajos. Quizás en parte porque la coalición de Gobierno incluye a quienes de por sí tienen un discurso más duro y que ocupan posiciones clave, como precisamente el ministerio del Interior.

“Vamos a tener que adaptarnos. Hay que encontrar un equilibrio entre las medidas de seguridad y las libertades individuales. Pero vamos a tener que aprender a vivir con esta seguridad, porque los intentos de terrorismo existen”, avisaba estos días en televisión el ministro de Asuntos Exteriores, Didier Reynders.

En Bélgica circula una cifra que el Gobierno no confirma ni desmiente y que buena parte de los analistas da por buena. Según ‘La Libre Belgique’, la OCAM, el organismo que analiza y coordina la evaluación de las amenazas y que establece el nivel de alerta (el país sigue en 3 sobre 4, considerada “grave”), tiene una lista de cerca de 1.000 personas peligrosas, de las que el 20% son mujeres. Pero no queda clara su implicación y nivel de riesgo. Los dos principales implicados en los ataques de París y Bruselas, Salah Abdeslam y Mohamed Abrini, esperan entre Francia y Bélgica mientras avanzan sus casos, pero no están colaborando con la Justicia.

Fallos en el sistema

Las críticas al sistema, en general, no han aflojado un año después. Varios países denunciaron horrorizados la falta de eficacia de los servicios antiterroristas belgas. Las cadenas de errores políticos, policiales y judiciales que han permitido evitar la cárcel, fugas y que individuos muy peligrosos estén casi sin vigilancia. De hecho, de los 46 belgas que están bajo vigilancia únicamente cinco trabajan con un funcionario especializado contra la radicalización. Igualmente, buena parte de las operaciones efectuadas no han sido aclaradas y cada semana la ciudadanía recibe en alerta mensajes, como la detención hace unos días de un presunto radicalizado que circulaba por Bruselas con bombonas de butano en el maletero.

Se han aumentado las dotaciones, reforzado comisarias como la de la comuna de Molenbeek, pero siguen faltando medios, traductores y una labor de información que permita acceder a lo que pasa en las partes más cerradas de los distritos conflictivos.

Este miércoles todo el país rendirá homenaje a las víctimas. Se plantarán 32 árboles en Forêt de Soignes. A las 07.58, cuando se produjo la primera de las explosiones, se guardará un minuto de silencio en el Aeropuerto de Zaventem y a las 08.30 se descubrirá una estatua de Olivier Strebelle, en memoria de los fallecidos allí.

A las 09.11 se guardará otro minuto de silencio en la estación de metro de Maelbeek, a la que las autoridades llegarán en transporte público. Y a las 10.30, en el cercano Parque del Cincuentenario, junto a las instituciones europeas y simbólicamente al lado de la mayor mezquita de Bruselas. El Gobierno y los reyes asistirán a la ceremonia y la apertura de otro monumento, obra de Jean-Henru Compère.

Fuente: El Mundo
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