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Billete de treinta; por Soledad Morillo Belloso

Billete de treinta; por Soledad Morillo Belloso

Soledad Morillo Belloso

De parte del gobierno hay la venta de falsas expectativas de una recuperación económica que está cuanto menos demorada, porque deseo no empreña. Ya pueden decir en incesantes discursos que están a punto de cerrar negociaciones con inversionistas locales y foráneos pero la realidad a hoy es que no hay ni tan siquiera cartas de intención que respalden tales intereses. Hacen turismo por varios países, con gruesas delegaciones y regresan con palabrerío. No con contratos u ofertas en firme. Entretanto, la economía se vuelve puré, la producción petrolera desciende y las medidas ejecutadas han hecho jirones lo poco que va quedando en pie. Los ciudadanos del común enfrentan un estrafalario costo de vida que no hay bolsillo decente que pueda aguantar. Pero el discurso falaz sigue. Prometiendo fantasías. Mientras, el Presidente está preocupado y ocupado en el “qué dirán” y nada hace por el “qué hacer”. No me cuesta imaginar al equipo económico y a los asesores devanándose los sesos tratando de hallar la vía para convencer a Maduro que pasarse el día entero obsesionado con el Twitter y el Facebook y viendo los canales de televisión extranjeros es inútil. Que aquí lo único que cabe es cerrar buenos y decentes negocios que reactiven el aparato productivo y la infraestructura. Y que por cierto para hacerlo no es bueno andar por ahí afirmando que somos una potencia petrolera, gasífera, aurífera, metalminera, acuífera, etc., porque eso es un contrasentido.

En la otra acera tampoco faltan los vendedores de ilusiones. Ya perdí la cuenta de cuántos sonidos, vídeos, Whatsapp, etc. circulan al día prediciendo una inminente invasión de fuerzas extranjeras salvadoras, o una intentona de golpe por parte de unos militares del más íntimo círculo de la revolución, o la declaración ya de Maduro como reo de la justicia por parte de tribunales internacionales, lo cual supondría verlo salir de Miraflores con camisa de rayas y las manos esposadas. Los que tales novedades difunden se dividen en dos grupos: los que de veras se lo creen y los que saben que nada de eso va a ocurrir pero sienten que hacer oposición es un asunto de alborotar la calle y generar una sampablera. Son los mismos que gustan de frases hechas como “muerto el perro se acabó la rabia”. Los mismos que aseguran que al salir Maduro del gobierno, la recuperación de Venezuela se hace en un par de años. Y todos seremos felices y comeremos perdices.

En medio de esas dos aceras hay un país. Golpeado, adolorido, con sus finanzas personales en ruinas, con empresas con las Santamarías bajando o afortunadamente algunas con operaciones en el exterior con lo cual logran mantener abiertas las puertas de las compañías en Venezuela, con sindicatos que reciben ahora el más duro golpe (la aplanadora del monosalario y la conversión de los contratos colectivos en papel mojado), con un sistema educativo con escasez de educadores y educandos, con gente muriendo por enfermedades curables o tratables. Es el mismo país que ve cada dos o tres días a un fiscal inflado de gordura anunciando nuevos procedimientos contra bandidos corruptos sin que diga cuándo nos van a devolver la monstruosa cantidad de dinero que nos robaron. El mismo país que mientras ve millones de ciudadanos convirtiéndose en migrantes que escapan de la miseria y también observa a venezolanos de toda edad hurgando en la basura procurando algo para comer, lee y escucha que el gobierno dona 10 millones de dólares a Indonesia. Candil de la calle, oscuridad de la casa, dirían los patriarcas en los zaguanes.

Ese país necesita respuestas, necesita sinceridad, necesita verdad. Necesita soluciones. No ilusiones, no fantasías. No necesita billetes de treinta. Y entonces pide a gritos sensatez. ¿Es mucho pedir que veinte o treinta hombres y mujeres se sienten alrededor de una mesa para ponerse de acuerdo?

Soledadmorillobelloso@gmail.com
@solmorillob

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