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Así hacía desaparecer Rusia los positivos de sus mejores atletas

Así hacía desaparecer Rusia los positivos de sus mejores atletas

Sin muchos superlativos a su disposición después de haber tildado hace años el caso Armstrong de “sistema de dopaje más sofisticado jamás puesto en práctica”, Travis Tygart, el presidente de la USADA, la agencia antidopaje de Estados Unidos, encontró, sin embargo, un adjetivo llamativo para calificar lo que ocurre en la casa Rusia del dopaje.


“Es un nivel alucinante de corrupción”, dijo Tygart, que inmediatamente pidió la exclusión de Rusia de los Juegos de Río. Después de la lectura de algunos pasajes del informe, calificado por algunos de novela de ciencia-ficción o de espionaje, se puede concluir que el habitualmente exaltado Tygart no exageraba mucho en esta ocasión.

El sistema de dopaje de Estado empleado en Rusia entre 2011 y 2015 recurría a un método para escamotear los positivos de sus deportistas a las agencias y federaciones internacionales.

Es lo que el informe denomina Metodología de los positivos que desaparecen, conocida en código por las autoridades rusas como el método de Salva o Cuarentena y que sirvió para convertir en negativas al menos 312 muestras positivas correspondientes a una veintena de deportes.

Las muestras procedían de controles fuera de competición y llegaban al laboratorio de Moscú. Allí, el director, Grigory Rodchenkov, las analizaba y cuando daba con un positivo consultaba con la agencia antidopaje, RUSADA, para saber a quién correspondía.

Después, informaba directamente al viceministro ruso de Deportes, Yuri Nagornykh: “Tal deportista ha dado positivo”. El político solo le podía responder con una palabra en código de las dos de que disponía: salva o cuarentena.

Si respondía “salva”, Rodchenkov, debía reportar el control como negativo en el sistema informático ADAMS, por el que la AMA y las federaciones internacionales se informan de los controles, y después falsificar el informe del laboratorio. Si el dirigente respondía “cuarentena”, el caso seguía para adelante.

Los “salva”, que según las pocas cuentas que ha podido hacer McLaren, calificaron a 312 de los 577 positivos que ha revisado, correspondían normalmente a los mejores deportistas rusos, a las esperanzas de medalla.

La gimnasia se salva

Están afectados casi todos los deportes olímpicos de verano: atletismo, 139 positivos desaparecidos; halterofilia, 117; lucha, 28; piragüismo, 27; ciclismo, 26; natación, 18; fútbol y remo, 11 cada uno; yudo y voleibol, ocho cada uno; boxeo y balonmano, siete ambos; taekwondo, seis; esgrima y triatlón, cuatro cada uno; pentatlón moderno y tiro, tres; vóley playa, dos, y baloncesto, vela, tenis de mesa y waterpolo, uno. Solo la gimnasia, entre los grandes deportes, se salva.

Los “cuarentena” (265) condenaron a extranjeros o rusos de segundo nivel.

Hubo una excepción, sin embargo, un extranjero de un equipo de fútbol ruso a quien salvó personalmente el ministro de Deportes, Vitaly Mutko, presidente también de la Federación Rusa de Fútbol, miembro del Ejecutivo de la FIFA y presidente del comité organizador del Mundial de futbol de 2018.

Durante un gran evento, como los Juegos de Invierno de Sochi, el FSB (antiguo KGB) construyó un edificio adjunto al laboratorio antidopaje, ajeno al control de los inspectores de la Agencia Mundial Antidopaje (AMA), que vigilaban el buen desarrollo de los controles.

Esta construcción estaba comunicada mediante un agujero, no mayor que una madriguera de ratón, con el cuarto en el que Rodchenkov realizaba el reparto de las partes alícuotas de la orina para los controles en horario de día.

Las madrugadas las dedicaba a pasar a través de la ratonera los frascos de muestras de deportistas que el ministerio le había comunicado que se habían dopado al cuarto de la FSB.

Aunque los frascos solo se identificaban por un código, Rodchenkov sabía a quien correspondían pues los deportistas habían tomado subrepticiamente fotos de los frascos al rellenarlos y se las habían enviado por Whatsapp. Hasta 15 de ellos habían sido medallistas.

En su instalación, los especialistas policiales disponían de una nevera con orina limpia que los sospechosos les habían enviado a Moscú meses antes.

Con una técnica no descubierta, pero que dejó huellas microscópicas en los tapones, la FSB abría los frascos, tiraba la orina sucia y la sustituía por la limpia.

A través del agujerito, devolvía los frascos abiertos a Rodchenkov, que les añadía sal para hacer que la gravedad específica del líquido fuera la misma que se había señalado en un análisis preliminar. Los frascos abiertos volvían al FSB, que los cerraba, y los retornaba para seguir la cadena habitual.

Con información de El País

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